lunes, 20 de enero de 2014

El Complejo de Jonás o el Miedo a la Grandeza, al propio Destino

COMPLEJO DE JONAS

Quisiera dirigir mi atención hacia una de las muchas razones de lo que Angyal denominó la evasión del crecimiento. Todos tenemos un impulso hacia el propio perfeccionamiento, un impulso hacia una mayor actualización de nuestras potencialidades, hacia la autorrealización, la plena humanidad, plenitud humana o como se le quiera llamar. Concedido esto, ¿qué nos lo impide? ¿Qué nos bloquea?
Encuentro con el Destino
Una de estas defensas contra el crecimiento, a la que desearía referirme en especial porque no se ha reparado mucho en ella es la que voy a denominar "el complejo de Jonás".

En mis apuntes califiqué en un principio a esta defensa de «miedo a la propia grandeza» o «evasión del propio destino» o «huida de nuestros mejores talentos». Quería subrayar, tan lisa y llanamente como me fuera posible, el punto de vista no-freudiano según el cual tememos tanto a lo mejor como a lo peor de nosotros mismos, aunque de modo diferente. La mayoría de nosotros podríamos ser mejores de lo que en realidad somos. Todos tenemos potencialidades sin usar o sin desarrollar plenamente. En realidad, muchos de nosotros esquivamos las vocaciones (llamada, destino, tarea o misión en la vida) sugeridas por nuestra constitución. Tendemos a rehuir las responsabilidades dictadas (o más bien insinuadas) por la naturaleza, el destino, incluso a veces por accidente, tal como Jonás intentó —en vano— escapar de su destino.

Tememos a nuestras máximas posibilidades (así como a las más bajas). Por lo general nos asusta llegar a ser aquello que vislumbramos en nuestros mejores momentos, en las condiciones más perfectas y de mayor coraje. Gozamos e incluso nos estremecemos ante las divinas posibilidades que descubrimos en nosotros en tales momentos cumbre, pero al mismo tiempo temblamos de debilidad, pavor y miedo ante esas mismas posibilidades.
No solamente somos ambivalentes con respecto a nuestras máximas posibilidades, sino que también estamos en perpetuo, y creo que universal -tal vez incluso necesario- conflicto y ambivalencia respecto de esas mismas posibilidades supremas en los otros y en la naturaleza humana en general. Es cierto que amamos y admiramos a las personas buenas, santas, honestas, virtuosas y puras. Pero quien haya profundizado en la naturaleza humana ¿puede, acaso, ignorar los sentimientos confusos y a menudo hostiles hacia los santos, los hombres y mujeres de gran belleza, los grandes creadores o los genios intelectuales? No es necesario ser psicoterapeuta para captar este fenómeno, que podemos llamar «contra-valoracion». Hallaremos mil ejemplos en cualquier texto histórico, e incluso diría que una investigación histórica del tema no arrojaría ni una sola excepción a lo largo de toda la historia de la humanidad. Evidentemente, amamos y admiramos a todos los que han encamado la verdad, el bien, la belleza, la justicia, la perfección y el éxito supremo. Y con todo, nos hacen sentir incómodos, ansiosos, confusos, quizás un poco celosos o envidiosos, un poco inferiores y torpes.  Generalmente nos hacen perder nuestro aplomo, nuestro autocontrol y autoestima (Nietzche es, en este sentido, todavía nuestro mejor maestro).

He aquí la primera pista. Mi impresión hasta ahora es que la simple presencia de las grandes personas, el hecho de que sean lo que son, nos hace tomar conciencia de nuestra menor valía, independientemente de que se lo propongan o no. Si este efecto es inconsciente y no sabemos por qué nos sentimos estúpidos, feos o inferiores siempre que aparece una persona así, lo más probable es que respondamos con una proyección, es decir, que reaccionemos como si ella estuviera tratando de hacernos sentir inferiores, como si fuéramos su blanco. La hostilidad es, en este caso, una consecuencia comprensible. Pero a mi entender, la percepción consciente tiende a frenar esta hostilidad. Si estamos dispuestos a ser autoconscientes y a autoanalizar nuestras contra-valoraciones, es decir, nuestro miedo y odio inconscientes hacia la gente veraz, buena, hermosa, etc., lo más probable es que seamos menos rencorosos con ellos. Y aun aventuraría la conjetura de que si podemos aprender a amar más cabalmente los valores supremos en los otros, tal vez consigamos amar estas cualidades en nosotros mismos, sin temerlas tanto.

El pavor ante lo supremo de lo cual Rudolf Otto nos ha ofrecido la descripción clásica, también concuerda con esta dinámica. Si unimos esto a las incisivas observaciones de Mircea Eliade sobre la sacralización y desacralización, tendremos más conciencia de la universalidad del miedo a la confrontación directa con un dios o con lo divino. En algunas religiones la muerte es la consecuencia inevitable. En la mayoría de las sociedades que no conocen la escritura hay objetos y lugares que son tabú por ser demasiado sagrados y en consecuencia demasiado peligrosos. En el último capítulo de mi Psychology of Science doy ejemplos, tomados en su mayor parte de la ciencia y la medicina, de desacralización y resacralización, y trato de explicar la psicodinámica de estos procesos que se reduce, generalmente, al pavor ante lo supremo y lo mejor. (Quiero subrayar que ese pavor es intrínseco, justificado, justo, adecuado, más que una enfermedad o fracaso que haya que «curar».)

Pero una vez más mi impresión al respecto es que ese pavor y ese miedo no son necesaria y únicamente negativos, algo que nos empuje a huir o a acobardamos, sino que también son sentimientos deseables y agradables, capaces incluso de transportarnos hasta el máximo grado de éxtasis y embelesamiento. Entiendo que la percepción consciente y profunda, y la «elaboración», en el sentido freudiano, también contribuyen a dar la respuesta. Este es el mejor camino que conozco para la aceptación de nuestros poderes supremos y de cualquier componente de grandeza, bondad, sabiduría o talento que hayamos ocultado o evadido.

Una aclaración incidental útil para mí proviene del intento de comprender por qué las experiencias cumbre son normalmente breves y transitorias. La respuesta es cada vez más clara. ¡Sencillamente no tenemos fuerzas suficientes para soportar más! Es algo demasiado agotador y estremecedor. Los que viven momentos de éxtasis exclaman a menudo: «Es demasiado», «no puedo soportarlo» o «podría morir». Al recoger estas descripciones, pienso a veces: Si, podrían morir. Es imposible soportar por mucho tiempo una felicidad delirante. Nuestro organismo es demasiado débil para una gran dosis de grandeza, como tampoco soportaría orgasmos de una hora de duración, por ejemplo.

El término «experiencia cumbre» es más adecuado de lo que creí al principio. La emoción aguda ha de ser culminante y momentánea y debe dar paso a un estado de serenidad no extática, de felicidad más reposada, y a los placeres intrínsecos del conocimiento lúcido y contemplativo de los bienes supremos. La emoción culminante no puede perdurar, pero el conocimiento-del-Ser si puede.

¿No nos ayuda esto a entender nuestro complejo de Jonás? Responde, en parte, al miedo justificado a ser desgarrados, descontrolados, destrozados y desintegrados, e incluso a que la experiencia nos mate. Después de todo, las grandes emociones pueden de hecho abrumarnos. Creo que el miedo a entregarnos a una experiencia tal, miedo que nos recuerda todos los miedos paralelos que encontramos en la frigidez sexual, se comprende mejor si nos familiarizamos con la bibliografía de la psicodinámica y la psicología profunda, así como con la psicofisiología y la psicosomática clínica de las emociones.

Todavía he tropezado con otro proceso psicológico en mis exploraciones sobre el fracaso en la realización del yo. Esta evasión del crecimiento puede generarse a causa del miedo a la paranoia, algo que ya se ha dicho en un lenguaje más universal. Las leyendas prometeicas y fáusticas están presentes en prácticamente todas las culturas. Los griegos, por ejemplo, lo denominaron miedo a "hybris" [orgullo desmesurado, soberbia desmedida]. También se lo ha calificado de «orgullo pecaminoso», lo que es por cierto un problema humano permanente. Quien se dice: «Si, seré un gran filósofo, reescribiré a Platón y lo haré mejor» debe, tarde o temprano, quedar anonadado ante su propia ambición y arrogancia. Especialmente en sus momentos de debilidad se dirá: «¿Quién? ¿Yo?» y pensará que todo eso no es más que una loca fantasía o temerá incluso que sea un delirio. Al comparar el conocimiento que tiene de su yo íntimo, con todas sus debilidades, vacilaciones y defectos, con la imagen brillante, resplandeciente, perfecta y sin tacha que tiene de Platón, se sentirá presuntuoso y rimbombante. (De lo que no se percata es de que cuando Platón hacía examen de conciencia debió de sentirse consigo mismo de igual manera, pero continuó su camino a pesar de todo, superando sus dudas sobre sí mismo.)

Para algunos, esta evasión del crecimiento personal, estableciendo bajos niveles de aspiración, el miedo a hacer aquello que podemos hacer, la automutilación voluntaria, la seudoestupidez y la falsa modestia son, en realidad, defensas contra los delirios de grandeza, la arrogancia, el orgullo pecaminoso, la hybris. Los hay que son incapaces de conseguir una integración elegante de humildad y orgullo, imprescindible para el trabajo creativo. Para inventar o crear es necesario poseer la «arrogancia de la creatividad» que muchos investigadores han señalado. Pero si únicamente se tiene arrogancia sin humildad, entonces se es un paranoico. Debemos ser conscientes no sólo de las posibilidades divinas en nosotros, sino también de las limitaciones humanas existenciales. Hemos de ser capaces de reímos a la vez de nosotros mismos y de toda pretensión humana. Si encontramos divertido al gusano que intenta ser un dios, tal vez nos sea posible continuar en nuestro empeño y ser arrogantes sin temor a la paranoia o a que la desgracia se cierna sobre nosotros. Es una buena técnica.

Si se me permite, citaré otra técnica semejante que he visto practicar mejor que a nadie a Aldous Huxley, quien ciertamente era un gran hombre en el sentido que he estado precisando, un hombre que sabía aceptar sus talentos y usarlos al máximo, cosa que logró gracias a su perpetuo asombro ante lo interesante y fascinante que era todo, así como a su capacidad de maravillarse como un niño ante el carácter mágico de las cosas, exclamando con frecuencia: «Extraordinario, extraordinario!» Sabía contemplar el mundo con los ojos bien abiertos, con una desenfadada inocencia, con reverencia y fascinación, todo lo cual viene a ser una especie de confesión de pequeñez, una forma de humildad. Pero luego se entregaba con calma y sin miedo a las grandes tareas que se había impuesto.

Por último, remito al lector a un ensayo mío, importante en si mismo, aunque también como el primero en una posible serie. Su título, «La necesidad de conocer y el miedo al conocimiento», ilustra bien lo que quiero decir acerca de cada uno de los valores intrínsecos o últimos que he denominado Valores-del-Ser. Lo que intento decir es que estos valores últimos, que también considero como las necesidades supremas o metanecesidades, caen, como todas las necesidades básicas, dentro del esquema freudiano fundamental de impulso y defensa frente a éste. Por consiguiente, es ciertamente demostrable que necesitamos la verdad, que la amamos y buscamos. Sin embargo, es igualmente fácil demostrar que al mismo tiempo nos asusta conocer la verdad. Ciertas verdades, por ejemplo, automáticamente acarrean responsabilidades que pueden producir angustia. Un modo de eludir la responsabilidad y la angustia consiste, sencillamente, en evadir la conciencia de la verdad.

Preveo que descubriremos una dialéctica semejante para cada uno de los intrínsecos Valores-del-Ser, y he pensado vagamente escribir una serie de ensayos sobre, por ejemplo, «El amor a la belleza y nuestro desasosiego ante ella.» «Nuestra búsqueda de la excelencia y nuestra tendencia a destruirla», etc. Es evidente que estos contra-valores son más intensos en los neuróticos, pero me parece que todos debemos hacer las paces con estos impulsos negativos interiores a nosotros mismos. Mi impresión hasta ahora es que el mejor modo de lograrlo es transmutando la envidia, los celos, el presentimiento y la bajeza en admiración humilde, gratitud, aprecio, adoración e incluso reverencia mediante la percepción consciente y la elaboración. Este es el camino hacia los sentimientos de pequeñez, debilidad e indignidad, y hacia la aceptación de esos sentimientos en lugar de la necesidad de proteger, mediante el ataque una autoestima falsamente elevada.

Me parece obvio, una vez más, que la comprensión de este problema existencial básico debe ayudamos a incorporar los Valores del Ser, no sólo en otros sino también en nosotros mismos, contribuyendo así a solucionar el complejo de Jonás.
  
Maslow, Abraham (1971). La personalidad creadora. (9ª ed). Trillas: México.  2008. Pp. 58-65.
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Este es una sección entera de un capítulo del libro de Maslow llamado "la personalidad creadora" o con otro título, "la amplitud del potencial humano".


Para los que no conozcan quien fue Jonás: profeta bíblico que recibió una misión por parte de Dios de ir a predicar a una ciudad, pero decidió huir de dicha encomienda. Encontrándose en un barco y habiéndose desatado una tempestad, la tripulación decidió lanzar a Jonás al mar al enterarse que la tempestad era debido a que Jonás no asumía su destino. Jonás fue "tragado" por una ballena, en cuyo vientre estuvo por tres (3) días, reflexionando, hasta que tomó la decisión de sí atender al llamado (vocación) del Destino. (Ver Libro de Jonás en la Biblia).

Hay que diferenciar entre los diferentes núcleos de conciencia del Ser, tal como la Sabiduría espiritual de la antigüedad en las diferentes cultural y más recientemente la Psicología Transpersonal nos lo enseñan: el hombre, que es un "todo físico-químico-biológico-psicológico-social-cultural-ético-espiritual", posee diversos niveles de conciencia (inconsciente colectivo, inconsciente personal, subconsciente, sueño, semisueño, vigilia o conciencia ordinaria, supraconsciencia), y estructuralmente cuenta con diversos núcleos de conciencia: el yo inferior que "habita" en nuestra "infraconciencia", el yo psicológico o ego, propio del nivel de conciencia ordinario o de vigilia, y los núcleos de supraconciencia, clásicamente llamados "alma" (yo superior, ángel solar, etc.) y "espíritu" (atman, mónada, yo evolutivo o transcendental, etc.). Además de éstos, está el nivel divinidad de nuestro Ser, que es la versión holográfica de "Dios en nosotros". 

Lo anterior nos lleva a que haya que hacer la siguiente corrección a la "hybris" griega evocada por Maslow en este escrito: el sentimiento de temor ante lo tremebundo de Lo Sagrado proviene de nuestro ego, la "loca de la casa" como bien describieron Freud y Jung al ego por su pretensión de control total de sí y de su entorno, que no pasa de ser un control ilusorio. Pues bien, es el ego quien se siente desbordado por las "experiencias cumbres o pico" que Maslow describe, pasando a tomar el primer plano otros núcleos de conciencia nuestros luego de la "disolución temporal del ego" (pequeña muerte), núcleos como el "yo superior" o el "espíritu primordial" o el nivel Divinidad. Esto nos revela algo que los griegos desconocían: en cada uno de nosotros habita un núcleo divino o "proyección holográfica" de Dios, tal como Cristojesús nos lo digo: "¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, Dioses sois?" (Jn, 10:34) o "Yo dije: «Vosotros sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo.»" (Salmos, 82:6). Siendo esto así, como se vive en estados no ordinarios de consciencia (oración, meditación, yoga, taichi, experiencias cumbres o de "flow", etc.) y como lo han descrito los psicólogos y psiquiatras transpersonales (Jung, Roberto Assagioli, Stanislav Grof, etc.), entonces la "hybris" es algo propio también de nuestro ego, quien sufre un proceso de "inflación" (Jung) o de delirio de grandeza, en vez de ocupar su lugar dentro de la "estructura multidimensional del Ser" y que sean otros núcleos de nuestra supraconciencia (Sri Aurobindo los llama sobremente y supermente) los que tomen la batuta y pasen a manifestar sus Virtudes, Dones y Valores-del-Ser superior nuestro.

Recordemos el acertado señalamiento que Maslow nos da en el escrito que acá transcribimos: ante las personas que manifiestan la grandeza de su Ser superior (virtudes de su Alma, dones o poderes de su espíritu), sean personas altamente virtuosas o geniales (en el plano científico, artístico, político o ético-social) o "personas autorrealizadas" (o autorrealizantes), iluminados, o que han alcanzado el "Estado de Despiertos", lo que tendemos a manifestar muchas veces (consciente o inconscientemente) son "contravalores" o "antivalores", como la envidia, el resentimiento, los celos, el odio, la minusvalía, la desesperanza, etc. Y hay culturas que son más propicias, considero, a manifestar colectivamente estos sentimientos o "bajas pasiones", como la nuestra, donde poco se cultiva y estimula la motivación al logro y a la excelencia, y se busca la aceptación a través de una cultura de "igualitarismo a ultranza". Estas bajas pasiones incluso se dan entre nuestros diferentes núcleos de consciencia: desde nuestro "yo inferior" o Sombra o desde nuestro ego sentimos envidia rencorosa u odio hacia nuestra misma grandeza (nuestro yo superior y nuestro yo evolutivo). Es importante concientizar estas bajas pasiones y buscar su "transmutación" o nuestra "liberación" de ellas, asumiendo nuestras "posibilidades divinas", la realidad sagrada de nuestro Yo Espiritual, con lo cual iremos más allá de la polaridad "hybris - impotencia" y autorrealizaremos nuestro Ser en nuestra vida cotidiana.


Wladimir Oropeza Hernández